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Una nación moderna

Tomasz Sakiewicz

Gazeta Polska 21/11/2012

[Traducido por Maria Ferenc]

 

Una de las características más importantes de los polacos, es el sentido de una misión y del valor propio. Ser polaco, significaba siempre, algo así como ser un scout.  Cuando alguien sentía pertenencia a nuestra comunidad, tenía que acaptar de antemano un código que contenía deberes, pero también privilegios espirituales. Ese estado de las cosas estaba vinculado a nuestra historia, vida en la frontera de civilizaciones latina y otomana, y más aún, rusa y mongola. Por un lado éramos la Puerta de Hierro de Europa, por otro, intermediario de las culturas. Importábamos la cultura del Oeste al Este y los elementos del Este al Oeste. Todo ello, ejerció mucha influencia sobre la identidad de los habitantes de la I República de Polonia.  Identidad a la que hay que añadir la coexistencia de varias naciones.  Era una coexistencia en general llena de paz y tolerancia muy difíciles de encontrar en aquella época. El período de los Repartos subió todavía el listón. Ser polaco significaba sacrificio, a menudo muy grande. Al mismo tiempo, la identidad nacional se desarollaba en oposición a los totalitarismos y con un cierto afecto hacia los recién aparecidos movimientos demócratas. Eso no significaba falta de necesidad de crear un país fuerte. La debilidad de la I República de Polonia llevaba la culpa por más de cien años de esclavitud.

 

Hasta cierto punto, la II República de Polonia, era una prueba de hacer estos sueños realidad. Se creó un país bastante fuerte que  desgraciadamente no abarcaba todo el territorio de la antigua República y con una democracia inestable. Aún así, esta República era suficiente para cumplir muchos sueños y despertar el orgullo nacional.  A corto plazo. Su decadencia supuso exigencias extremas. Los totalitarismos inhumanos de Moscú y Berlín, no pudieron ser ninguna propuesta para nosotros. Durante décadas del régimen comunista la aceptación del sistema de los bolcheviques se consideraba como rechazo de la identidad polaca.  No obstante el veneno del bolchevismo ha dejado sus huellas. Una gran parte de los polacos ha perdido el sentimiento de orgullo y comunión nacional. Poco a poco, y a menudo de manera muy espasmódica aunque ineluctable, este sentimiento renace.

 

No hay reglas de cómo ser polaco, pero sí hay un cierto conjunto de identidades que delimitan las características de nuestra nación. Las reacciones séveras de los cosmopólitas y de las minorías no nos suponen ninguna clase de amenaza.  Es consecuencia de la convicción de la grandeza de la cultura polaca. Podemos observarlo con una cierta comprensión y a veces con indulgencia. Son ellos los que se sienten inseguros en sus papeles e intentan, de alguna manera distinguirse del fondo polaco. Es innecesario. La cultura polaca es absorbente y universal. Nuestra extraordinaria historia es un imán y una materia con la que se puede construir. La Polonia que vuelve a sus raices, puede hacer el papel del integrador de las naciones de Europa del oeste y este. Ésta es una misión más y surge como consecuencia no solo de nuestra situación geográfica sino que también de una cultura extraordinaria, rica y abierta. Las potencias vecinas temen esta perspectiva y prefieran una Polonia que se hunde en un nacionalismo superficial o que se deshace en el agua turbia de la Unión Europea. Estas pruebas no les saldrán bien. Es ahora cuando Polonia se despierta. Poco a poco empieza a sentir su verdadera misión.